Serra Bradford: La Biblioteca ideal /1

Desde El encantamiento de las sombras (1926) la bibliofilia -vaya nombre- no se podía señorear con un libro que la tuviera como objeto.  La afirmación es sospechosa: el libro de Arrieta es un sabor lejano, de algo leído incluso en una edición posterior (la del 46, que añade unos cuantos capítulos al original).  La afirmación es cruel con nosotros mismos, incluso, porque deja afuera rincones y detalles que, para un lector de lecturas, son tan íntimas como los argumentos centrales de la literatura argentina:  los libros de pasta española de Casa tomada; la American Cyclopaedia de Tlon, Uqbar; el volumen imposible de los poemas de Lucio Sansilvestre en Los ídolos). Incluso aquello que no se narra (hay que inferir los volúmenes del general en Esa mujer, detrás de las porcelanas de las vitrinas) es fundamental para ver cómo la literatura trata a sus libros.
Por otra parte, el modo de orillar entre la ficción y el ensayo pone a LBI en un lugar de privilegio. Puede permitir tanto la reflexión tangencial, como contar una historia con falsa pereza, demorándose en atómicos detalles.

El modelo es claro. Serra Bradford es un hijo dilecto de Peter Handke; su sintaxis parece, por momentos, una larga cita de Das Gewicht der Welt. Pero allí se hacía una cartografía de lo ínfimo, eso era la diversidad de la contingencia minus la estupidez del twitter. Acá hay otra cosa: una narración de una actividad limítrofe al vicio, cuyo eufemismo es ´lectura´, y que no es más que la tentación que acusaba Petrarca en 1346, en una carta a su amigo Giovanni de Incisa:

“Quieres saber qué me aqueja: la respuesta está en los libros,
y en la imposibilidad de conseguir suficiente cantidad de ellos”.

SB se las ingenia para aplicar el modelo austero de Handke a un tono propio, fuera de toda estridencia, que logra the turn of the screw a la sintaxis del austríaco. Quiero decir que en LBI no leemos la introspección de un personaje, si no la introspección de un personaje sumido en la búsqueda y en la lectura de libros consagrados a su misma introspección. A veces, en una línea, este trabalenguas encuentra su justificación. Es una pena que no tenga a mano el libro para citarlo.

Dispersas, las referencias forman un coro de inquietudes y deformaciones profesionales en las cuales es imposible no reconocerse. ¿Qué destino final tuvo la Dowson´s Box de la que nos contaba Gannon? ¿Qué guía a aquel librero de Ayacucho y Córdoba a variar escandalosamente sus precios, de una visita a otra?
Tabarovsky marcó un “lejano eco” (el sustantivo pospuesto es acaso un guiño a los jóvenes serios) con Peripecias del no, de Luis Chitarroni.
¿Puede ser? Estilísticamente no. En una ronda, si Chita es nones, Serra Bradford es pares. Para él, al menos en su último libro, la opacidad del lenguaje no difumina del todo lo real. Ayuda a poner en foco y perspectiva algo de la vida, no extra-, sino acaso limes-literaria. Colabora en la elaboración de un enunciado que para la literatura de izquierda es un afán anacrónico y que el autor de El libro de las preguntas resumió, ampulosamente, como “el momento de la sensación verdadera”.

[sigue]

Nota Bene: En el capítulo que puede leerse acá, la separación horrorosa de los párrafos no corresponde al original.

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