Aurora de Carracci, Cesio & Westerhout

Palazzo Farnesse, Roma. Carracci parte de Bologna, donde deja un trabajo inconcluso, para sumarse a la obra de su vida: una serie de frescos alegóricos que ejecutará junto a su hermano en los últimos años del siglo XVI. Se trata de la decoración integral de la Galería. Había trabajado con anterioridad en el camarín (escenas de la vida de Hércules), pero las dimesiones y la proporción final del nuevo proyecto lo absorben por completo. En el panel central, El triunfo de Baco y Ariadna resume el mito arcaico y la estética de Carracci: todas las figuras están como desperezándose. Los cuerpos celebran al Dios, que parece sacudirse el manierismo del XVI pero que no llega todavía a la torsión del barroco (hay todavía algo del gesto residual de La Escuela de Atenas en el brazo de Baco). Cuatrocientos años más tarde, Nietzsche referirá la escena. Deleuze la desmenuza, casi un siglo después, combinando filosofía, crítica artística y poesía.

La mayoría de los temas que elige Carracci están tomados de las Metamorphoses de Ovidio, pero un maestro es tal si se toma algunas licencias. Aquí y allá se añaden Putti, o se funden dos o más escenas de un mito en una sola imagen. En Aurora y Céfiro, por ejemplo, vemos a la diosa, semidesnuda, acosando a su amante; pero no están solos. Faetonte y Lampo comienzan a galopar, anunciando a Helios, mientras que Titono, un amante anterior de Aurora, envejece invariablemente en el ángulo inferior.


***

Holanda, 1676. Arnold von Westerhout ya es un referente del grabado y la impresión. Ha pasado por el taller de Alexander Goutiers y puede costear ediciones de lujo, y contratar a los más afamados grabadores contemporáneos para sus planes. En 1687 compra el negocio de otro gran editor, Collignon, y se fascina con una de las obras del fondo bibliográfico publicada por C. Se trata de los grabados de Carlo Cesio (1626-1686) sobre los frescos de Carracci en el Palacio Farnezze. Decide reimprimir la obra, en gran folio, borrando previamente el nombre de Collignon en las planchas de acero, y reemplazándolo por el suyo. Muy pocos ejemplares se conservan intactos. De los 44 grabados, los que suelen faltar son generalmente uno de los ocho mayores, que ocupan doble página (un pliego completo).



Cuando adquirimos Aurora et Cephirus, buena parte de esta información nos faltaba. Sabíamos, por el tamaño del grabado y el papel, que se trataba de una edición temprana, pero desconocíamos el trabajo monumental de Carlo Cesio, que trasladó la totalidad de los frescos de la Galería a las planchas de acero. El nombre de Westerhout era, sin duda, un sello de calidad, pero también desconocíamos lo mejor del relato: la fascinación inicial, la reedición del discípulo que borra las marcas del maestro. Era evidente, por otra parte, que la escena era grecoromana, pero los caballos nos despistaron un poco: pensamos inicialmente en Janto y Balio, los jinetes parlanchines de Aquiles, y la figura yaciente del anciano bien hubiera podido ser el aeda griego, que parece garabatear algo en la arena con su mano derecha.

Ahora la obra está en el entrepiso, un poco arrinconada entre los libros reservados y los saldos de arte. Alguien podría pensar que la posición es insultante. Así, sin embargo, reserva su misterio sólo al que desea escucharla, y no exhibe con pompas inútiles una gloria que sin embargo merece.



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